Una epidemia silenciosa y muy lucrativa DOPESICK – Historia de una Adicción

Dolor crónico y codicia: historia de dos adicciones

Esta historia comienza con una familia, los Sackler. Empieza, de hecho, como un cuento motivador: tres hijos de inmigrantes de Europa del Este, Arthur, Raymond y Mortimer Sackler, que triunfan en la tierra de los sueños en los años cuarenta del siglo XX. Son tres médicos que, horrorizados por las prácticas del psiquiátrico neoyorquino en el que trabajaban –eran los tiempos del electroshock–, deciden montar una farmacia para crear medicamentos: soluciones químicas a problemas químicos.

Hacen fortuna. Tan grande, que era mayor que la de los Rockefeller. Algunos los bautizan como los Medici del XX, por sus generosas contribuciones a museos y universidades: el Louvre, el Metropolitan… El final es menos luminoso: fueron los responsables de una epidemia que ha matado a más gente en EE UU que las guerras de Vietnam y Afganistán juntas.

Arthur Sackler, hermano mayor de Raymond y Mortimer y pionero en la utilización de mercadotecnia para la venta farmacéutica. Ya en los años cincuenta fue acusado de publicidad fraudulenta

La prosperidad de los Sackler comenzó pronto. De hecho, ya en los cincuenta, adquirieron una farmacéutica, Purdue Pharma. Pero fue Arthur, el hermano mayor, el que hizo algo inédito: compró una agencia de publicidad. , hizo que la mercadotecnia se introdujera en el sector médico. En viñetas y panfletos, doctores de su invención comenzaron a recomendar sus fármacos a crédulos compradores que luego les remitían cartas, esperando respuesta de los falsos doctores. Un periodista de un diario local desveló su truco… pero eso no supuso un freno para su estrategia.

Los primeros grandes beneficios de Purdue Pharma llegaron en los sesenta gracias, sobre todo, a un tranquilizante: el Valium. En aquella época, Arthur Sackler ya poseía un periódico, el Medical Tribune. Además, se supo que una compañía de su propiedad, MD Publications, había pagado a Henry Welch, jefe de la División de Antibióticos de la FDA (la agencia estatal estadounidense de regulación de medicamentos) para que promocionara sus fármacos entre la población en general.

El siguiente pelotazo de Purdue Pharma vino con un analgésico, el MS Contin, sulfato de morfina de acción lenta. La pastilla, gracias a la fórmula de su membrana, disolvía la droga gradualmente, durante horas, en el torrente sanguíneo.

En 1995, cuando la patente de este medicamento estaba a punto de caducar, acuciados por la ruina que sobrevendría cuando cientos de genéricos más baratos sustituyeran a este analgésico, los hermanos contragolpearon con otro lanzamiento: así nació el OxyContin.

OxyContin es, básicamente, oxicodona con la misma fórmula de acción lenta que el MS Contin pero cuya base es un opioide tres veces más potente que la morfina. Purdue Pharma lo comercializó en pastillas de 10, 80 y 160 miligramos. Si se tratara de un arma contra el dolor, sería una bomba nuclear.

Reprodujo la estrategia que ya antes les había funcionado: el medicamento, cuyo uso debía circunscribirse a pacientes con cánceres terminales o recién salidos de una agresiva cirugía, se recomendó y prescribió para cualquier persona con dolores severos o crónicos.

De nuevo, tuvieron en nómina a un agente de la FDA, Curtis Wright, encargado de autorizar la venta de OxyContin. Además, sobornaron a cientos de médicos. Lanzaron una campaña para concienciar a la opinión pública de que la sanidad no trataba el dolor en los EE UU. Inventaron escalas de medición del dolor. Influyeron para negar la certeza empírica de que la toma continuada de opiáceos genera adicción… Lograron vender enormes cantidades de OxyContin en base a una frase del prospecto que carecía de evidencia científica: “Se cree que la liberación lenta evita la tendencia a la adicción”. No era cierto.

No era cierto. Además, esa “liberación lenta” dejaba de existir cuando la pastilla se trituraba, fumaba, esnifaba o incluso se inyectaba en vena: formas de consumo de las que tuvieron noticias y reportes desde el principio y de los que hicieron caso omiso. Inundaron el mercado de un opioide tan adictivo y potente como la heroína.

Virginia Occidental: la realidad que ficciona ‘Dopesick’

Williamson, en Virginia Occidental, un municipio de no más de 3.000 personas, recibió entre 2006 y 2016 más de 20 millones de pastillas. Fue el estado con la tasa más alta de EE UU de muerte por sobredosis de opiáceos: 57,3 por cada 100.000 habitantes en 2017, año en el que los reportajes sobre estas gentes le valieron el Pulitzer a Eric Eyre.

Esa es la realidad de la que parte Dopesick, ambientada en un pueblo ficticio en el que las comunidades mineras deben lidiar, día a día, con dolores a veces insoportables. Ese es el entorno en el que un médico que quiere cuidar de los suyos, Samuel Finnix (Michael Keaton), convencido por un comercial de que menos del 1% de los que tomen OxyContin se volverán adictos, extiende recetas de analgésicos para que sus allegados sufran menos. Sin embargo, pronto se arrepiente. Sus vecinos se enganchan y mueren. Él mismo se vuelve adicto. Una ficción que tiene uno de sus espejos más obvios en el médico virginiano Art Van Zee, uno de los primeros en llevar a los tribunales a Purdue Pharma.

Michael Keaton, sin capa contra las injusticias

Con la capa y la máscara, impartió justicia en un enfrentamiento contra el Joker de Jack Nicholson que es historia del cine. Y, décadas después de desprenderse del traje de Batman, de nuevo, como periodista que guía al equipo de investigación que destapó los abusos de sacerdotes católicos en el Boston Globe en Spotlight, película ganadora del Oscar en 2015. A raíz de este filme, Francia reconoció a Michael Keaton (Pensilvania, 1951) como caballero de la Orden de las Artes y las Letras, en cuyo discurso aprovechó para agradecer el poder cambiar el mundo con lo que hace.

Manifestante en contra de la guerra, defensor del ecologismo y de la igualdad de mujeres y minorías, Keaton, en su segunda edad de oro, ha decidido volver a la pequeña pantalla con Dopesick, a pesar de tener grandes proyectos cinematográficos entre manos. Porque, como ha manifestado en varias entrevistas, la historia real que hay tras la ficción merece no caer en el olvido. Por justicia. Porque es un drama que sufrió en carne propia: su sobrino murió de sobredosis.

No necesita la capa y la máscara de Batman, Keaton; pero, por cierto, a sus 70 años, volverá a ponérsela 30 años después para acompañar a Flash a luchar contra el crimen en un filme que verá la luz en 2022.

Fuente: El País.

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